EL DIEZMO

 

 ¿Qué es el diezmo? Según el diccionario de la lengua castellana, diezmo significa: “(del latín décimus, de decem, diez) derecho de diez por ciento que el rey percibía del valor de las mercaderías que se traficaban y llegaban a los puertos, o entraban y pasaban de un reino a otro que no tenía establecido el almojarifazgo. Parte de los frutos, comúnmente la décima parte, que los fieles pagaban a la iglesia.Conforme al primer significado, este tipo de diezmo se practicaba también en el pueblo judío. Podemos leer en el primer libro de Samuel, capítulo 8, los derechos que tendría el rey, cuando se instauró el reino en Israel. En lo relacionado con el diezmo leemos: “Diezmará vuestro grano  y vuestras viñas, para dar a  sus oficiales y a sus siervos... Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos (1 Samuel 8: 15 y 17)”

En el libro de Génesis tenemos otro modelo de impuesto aplicado en esta oportunidad en Egipto, en el tiempo que José, el hijo de Jacob, que fue puesto por el Faraón como gobernador de ese país, cuando interpretó los sueños que tuvo. En esa oportunidad se dispuso que lo que se debía pagar sería la quinta parte de lo producido, o sea el 20%. “Haga esto Faraón, y ponga gobernadores sobre el país, y quinte la tierra de Egipto en los siete años de la abundancia (Génesis 41:34)”.

 Pero no es intención tratar aquí lo referente al diezmo que se cobraba como impuesto, y que se debía dar a las autoridades civiles constituidas, como lo expresa el primer significado de la explicación del diccionario, sino del segundo, o sea lo que se le daba a la iglesia, aunque deberíamos decir lo que le damos al Señor, a Dios.

 Podemos decir que el diezmo es uno de los temas que ha provocado muchas polémicas a través de la historia de la iglesia, y aún hoy los seguidores de Cristo no se han puesto de acuerdo sobre su verdadero significado, no fue comprendido cabalmente ni tampoco explicado debidamente. Por un lado se encuentran aquellos que defienden su continuidad y su aplicación en las iglesias cristianas. Otros en cambio sostienen que este precepto, que tiene su origen en la ley de Moisés, dejó de tener vigencia a partir del sacrificio de Cristo y por lo tanto no es obligatorio su cumplimiento.

 Para realizar este pequeño y humilde comentario se ha considerado que el mejor método para dilucidar este tema es estudiarlo a la luz de las Sagradas Escrituras, teniendo en cuenta que éstas no tienen ni pueden tener contradicciones de ninguna naturaleza

 

1 – EL DIEZMO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

a) ANTECEDENTES

  Si consideramos al diezmo como algo que apartamos para “dar” a otro, o que ofrendamos a alguien por cualquier motivo, el primer antecedente lo encontramos en Génesis 4, donde se relata la historia de dos hermanos, Caín y Abel, que trajeron ofrendas al Señor.

 “Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas” (Génesis 4: 3-4)”.

 En este primer ejemplo, vemos dos actitudes distintas en el concepto de “dar”. Caín representa aquí a aquellos que dan de su esfuerzo, de su trabajo, buscando agradar a Dios de esa manera. Abel en cambio da algo que fue creado por Dios, en el cual él no intervino. Además es el primer ejemplo de sacrificio, o sea derramamiento de sangre para presentarse ante el Señor. Estas dos formas de dar fueron seguidas a través del tiempo. Aún hoy encontramos fieles que dan, pero como esfuerzo propio, considerando tal vez ganar la salvación mediante ellas, o ganarse el favor del Señor mediante las obras, y por el otro lado están los que dan porque reconocen que todo lo que tenemos es de Dios y le pertenece a él. Unos dan para ser salvos, otros porque son salvos.

        También podemos ver una respuesta distinta de parte de Dios a esas dos actitudes. Podemos leer en las Escrituras lo siguiente: “…Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda. Pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya…. (Génesis 4:4b-5a).

 Eso significa que Dios ha mirado y sigue mirando con agrado a aquellos que reconocen su incapacidad de llegar ante el Señor, que necesitan de algo que los acerque a su presencia, en ese caso un sacrificio de un animal, no uno cualquiera sino una oveja, de lo mejor que disponía. Recordemos que “Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado. En aquellos tiempos por medio del sacrificio de un animal. Ahora por medio del sacrificio de Cristo en la cruz. Pero ni en aquellos tiempos ni en la actualidad mira con agrado a aquellos que con su propio esfuerzo desean obtener la salvación.

 En las escrituras podemos leer, por ejemplo: “Porque, ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos. (1 Crónicas 29:14)

 En relación al diezmo propiamente dicho, la costumbre de diezmar se practicaba desde muchos siglos antes de que la Ley de Moisés fuese escrita. Las primeras referencias las encontramos en el libro de Génesis:

 “...y le dio Abram los diezmos de todo. (Gn. 14:20)

 La Biblia nos relata aquí que Quedorlaomer y otros reyes habían atacado a Sodoma y Gomorra, llevándose todos los bienes y personas encontradas, entre los cuales se encontraba el sobrino de Abram, Lot, con toda su familia. Abram y su gente rescataron en esa oportunidad a los prisioneros, derrotando a esos reyes, y vuelve con todas las personas y bienes, incluido su sobrino Lot y su familia.

 En esa oportunidad Melchisedec rey de Salem, quien era sacerdote del Dios Altísimo, sale a su encuentro y le ofrece a Abram pan y vino (alimentos) bendiciéndolo. Abram le da el diezmo de todo. 

“Cuando volvía de la derrota de Quedorlaomer y de los reyes que con él estaban, salió el rey de Sodoma a recibirlo al valle de Save, que es el Valle del Rey. Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo sacó pan y vino; y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tus manos. Y le dio Abram los diezmos de todo. (Génesis 14:17-20).

 La versión de la Biblia “Dios habla hoy” traduce este pasaje así: “Entonces Abram le dio a Melchisedec la décima parte de lo que había recobrado”.

 De este acontecimiento se pueden destacar los siguientes puntos:

  a)Abram le dio a Melchisedec el diezmo de lo recobrado en esa oportunidad, no el diezmo de todas sus posesiones.

   b)Lo dio en forma voluntaria. No porque alguna ley se lo exigía. 

  c)No lo hizo para recibir mayores bendiciones, sino porque había recibido bendiciones con anterioridad. Había sido prosperado en lo que había hecho, recobrando bienes perdidos.

 La segunda referencia sobre el diezmo la encontramos también el libro de Génesis 28: 22 donde dice:

 “...y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré el para ti”

 En este caso se relata la experiencia de Jacob. Por consejo de su madre Rebeca, y a raíz de la usurpación de la bendición de su padre Isaac que estaba destinada a su hermano Esaú, huye de su presencia para salvar su vida. En el camino hacia Harán, Jehová  le confirma el pacto que había hecho con su abuelo Abraham y su padre Isaac que consistía en darle a su descendencia la tierra en donde se encontraba. Y es en esa oportunidad que Jacob hace la promesa que se describe en Génesis 28:20 a 22 que dice:

 “E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti”.

 En este ejemplo también se pueden sacar algunas conclusiones sobre el tema del diezmo:

 a)Jacob no promete dar el diezmo para recibir más bendiciones; sino que promete que de lo que reciba, sea poco o mucho, apartará el diezmo para Dios.

 b)No lo hacía porque alguna ley se lo imponía, ya que la Ley fue escrita varios siglos más tarde, sino voluntariamente.

 c)No habla de cosas concretas, como ser dinero, ganados, frutos, etc., sino de todo lo que reciba de Dios.

 d)Hace sí, la promesa de dar el diezmo. Es una obligación a la que se obliga él mismo, no se lo impone alguna otra persona o alguna ley.

 b) LA LEY ESCRITA

 

 Varios siglos después de estos hechos, que se encuentran descriptos en el libro de Génesis, que son en realidad los primeros antecedentes del diezmo en las Sagradas Escrituras, Dios le dicta a Moisés una serie de enseñanzas que se denominará “Ley de Moisés”, y que incluye: los diez mandamientos, y se describía además en ella la forma en que se debía adorar a Dios, el modo de hacer los sacrificios y las ofrendas, la ley civil que decía cuáles eran sus obligaciones públicas como ser construcción de casas, cuidado de animales, castigos por delitos cometidos, enfermedades, etc.

 En el tema del diezmo se detallaba hasta en sus mínimos detalles la manera en que el pueblo judío debía cumplir este precepto.  Dichas ordenanzas se encuentran descriptas en los libros de Moisés, algunos de los cuales se detallan a continuación:

 “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová” (Lev. 27:30).

 “Y todo diezmo de vacas o de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara; el diezmo será consagrado a Jehová” (Lev. 27:32).

 “Estos son los mandamientos que ordenó Jehová a Moisés para los hijos de Israel, en el monte de Sinaí” (Lev. 27:34).

 “He aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión”. Núm. 18:21).

 “Porque a los levitas he dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán a Jehová en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán heredad”. (Núm. 18: 24).

 “Así hablarás a los levitas, y les dirás: cuando toméis de los hijos de Israel los diezmos que os he dado de ellos por vuestra heredad, vosotros presentaréis de ellos en ofrenda mecida a Jehová el diezmo de los diezmos. Y se os contará vuestra ofrenda como grano de la era, y como producto del lagar. Así ofreceréis también vosotros ofrenda a Jehová de todos vuestros diezmos que recibáis de los hijos de Israel, y daréis de ellos la ofrenda a Jehová y al sacerdote Aarón” (Núm. 18: 26-28).

 “Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses sobre los montes altos y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego; y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar. No haréis así a Jehová vuestro Dios. Sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus para poner allí su nombre para su habitación, ese buscaréis y allá iréis. Y allí llevaréis vuestros holocaustos y vuestros sacrificios, vuestros diezmos, y la ofrenda elevada de vuestras manos, vuestros votos, vuestras ofrendas voluntarias, y las primicias de vuestras vacas y de vuestras ovejas, y comeréis allí delante de Jehová vuestro Dios, y os alegraréis, vosotros y vuestras familias, en toda obra de vuestras manos en la cual Jehová tu Dios te hubiere bendecido.” (Deut. 12: 2-7).

 “Y al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando: vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, la ofrendas elevadas de vuestras manos, y todo lo escogido de los votos que hubieres prometido a Jehová. Y os alegraréis delante de Jehová vuestro Dios, vosotros, vuestros hijos, vuestras hijas, vuestros siervos y vuestras siervas, y el levita que habite en vuestras poblaciones, por cuanto no tiene parte ni heredad con vosotros” (Deut. 12: 11-12).

 “Ni comerás en tus poblaciones el diezmo de tu grano, de tu vino o de tu aceite, ni las primicias de tus vacas, ni de tus ovejas, ni los votos que prometieres, ni las ofrendas voluntarias, ni las ofrendas elevadas de tus manos. Sino que delante de Jehová tu Dios las comerás, en el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita que habita en tus poblaciones, te alegrarás delante de Jehová tu Dios de toda la obra de tus manos” (Deut. 12: 17-18).

 

 La Ley del diezmo:

 “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días. Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí, delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia. Y no desampararás al levita que habitare en tus poblaciones; porque no tiene parte ni heredad contigo. Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren” (Deut. 14: 22-29).

 “Cuando acabes de diezmar todo el diezmo de tus frutos en el año tercero, el año del diezmo, darás también al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; y comerán en tus aldeas y se saciarán. Y dirás delante de Jehová tu Dios, he sacado lo consagrado de mi casa, y también lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todo lo que me has mandado; no he transgredido tus mandamientos, ni me he olvidado de ellos. No he comido de ello en mi luto, ni he gastado de ello estando yo inmundo, ni de ello he ofrecido a los muertos; he obedecido a la voz de Jehová mi Dios, he hecho conforme a todo lo que me has mandado. Mira desde tu morada santa, desde el cielo, y bendice a tu pueblo Israel, y a la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres, tierra que fluye leche y miel” (Deut. 26: 12-15).

 Los textos transcriptos precedentemente, nos dicen cómo era la Ley de Moisés en lo relacionado con el diezmo. Era una ley escrita, que detallaba en sus mínimos detalles la forma en que debía cumplirse. Muchos siglos antes de que se dictara esta ley Abram, y luego Jacob, dieron el diezmo, pero en forma voluntaria, sin que nada ni nadie los obligara.

 En esta ley se le dice al pueblo de Israel lo que debía diezmar: por ejemplo productos de la tierra, como semillas o frutos de los árboles o plantas, ganados, vino, aceite, etc. o sea todo aquello con que habría sido bendecido.

 Según la Ley de Moisés, todas las tribus de Israel con sus respectivas familias (con excepción de la Tribu de Leví) poseerían una heredad, y por lo tanto tendrían algo que ofrecer, sea frutos de la tierra o ganados. En caso de que alguien hubiera adquirido deudas que no podía pagar, y por lo tanto perdido su heredad, la recuperaría en el año del Jubileo (cada cincuenta años). Esta ley impedía que la propiedad de la tierra cayera en manos de unos pocos, como actualmente sucede en muchos países. El hecho de recuperar sus bienes les permitiría volver a tener recursos con los que mantener a sus familias. De esa manera todos estaban en condiciones de dar el diezmo al Señor, tal como lo prescribía la Ley.

 Los levitas se diferenciaban de este régimen, ya que no recibieron heredades o tierras para cultivar; tampoco podrían tener ganados. Ellos estarían al servicio de Dios, servían primeramente en el Tabernáculo, y más adelante en el Templo. Por tal razón ellos serían los beneficiarios del Diezmo. Estos a su vez debían dar el diezmo de ese diezmo recibido a los sacerdotes que oficiaban en el templo.

 El diezmo no debía ser entregado en el lugar de residencia de cada uno, sino debía ser llevado al lugar que Jehová hubiera elegido como lugar del culto. Allí debía ser entregado, debían comer de las ofrendas ofrecidas en sacrificio en compañía de sus familias, sirvientes y también los levitas. Si la distancia a recorrer era muy grande, podrían venderla y llevar el dinero.

 Debían dar el diezmo de sus frutos, productos y ganados todos los años. Además cada tres años tenían que guardar otro diezmo de lo producido u obtenido ese año, el que debía ser guardado en los lugares donde habitaban, y debía servir para mantenimiento de los levitas, extranjeros, huérfanos, viudas. Debemos considerar que en esos tiempos no existía ningún tipo de seguridad social ni jubilación, por lo que este sistema aseguraba a toda la población el sustento, y de que nadie debía sufrir necesidades o hambre.

 Debían prometer cumplir con todos los requisitos exigidos por estos mandamientos para poder recibir las bendiciones de parte de Dios.

 Lo precedentemente descripto nos indica que dicha ley fue dada a un pueblo especial, el hebreo, en un tiempo determinado de la historia (hace más de tres mil años), con un fin determinado. Tal como se encuentra escrita sería inaplicable en la iglesia de nuestros días.

 

 c) EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY DEL DIEZMO

 Cuando leemos los libros del Antiguo Testamento, podemos llegar a la conclusión de que, una vez que estuvieron en posesión de la tierra prometida, en muy pocas oportunidades cumplieron con los mandamientos, leyes, y estatutos del Señor, sino por el contrario, constantemente desobedecieron las mismas, incluidas las referidas al diezmo, sufriendo por lo tanto diversos castigos por su desobediencia.

 Había períodos en que se volvían a Dios, arrepentidos, pero pasado un tiempo caían nuevamente en pecado.

 Uno de los mandamientos especificaba, por ejemplo, que no debían hacer imágenes de ninguna naturaleza, y adorar  únicamente al Dios verdadero. Debían rendir culto a Dios porque los había librado de la esclavitud de Egipto. Ellos debían ser un pueblo especial, apartado de los demás, debían ser un ejemplo a  seguir por todas las demás naciones, para que también esos pueblos llegaran al conocimiento de la verdad. Los otros pueblos verían ese ejemplo y así se cumpliría la promesa efectuada a Abraham, de que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

 “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. (Gén. 12:3)”

 Para que todas las naciones llegaran a ser benditas, debían conocer al Dios verdadero, al Dios de Abraham, pero en lugar de hacerle conocer a todos los pueblos, lo abandonaban una y otra vez, adorando en su lugar a los dioses falsos de ellos, dejando de lado los mandamientos, leyes y estatutos.

 El profeta Amós, que vivió en tiempos de Uzías, rey de Judá y Jeroboam, rey de Israel dice:

 “...Traed de mañana vuestros sacrificios y vuestros diezmos al tercer día”  (Amós 4:14).

 El profeta Amós detalla en su  capítulo 4, los castigos recibidos por el pueblo de Israel, y que no dieron resultado positivo. Los llama nuevamente a cumplir con los mandamientos dados por Dios. 

Años mas tarde, Ezequías, rey de Judá, retorna a Dios e insta a su pueblo a hacer lo mismo. Restablece el servicio del templo purificándolo, destruyendo además las imágenes  y todo otro objeto de culto a los dioses paganos. 

En relación al diezmo el rey Ezequías reorganiza el asunto del diezmo. Al respecto, la Biblia dice lo siguiente:

 “Mandó también al pueblo que habitaba en Jerusalén, que diese la porción correspondiente a los sacerdotes y levitas, para que ellos se dedicasen a la ley de Jehová. Y cuando este edicto fue divulgado, los hijos de Israel dieron muchas primicias de grano, vino, aceite, miel, y de todos los frutos de la tierra; trajeron asimismo en abundancia los diezmos de todas las cosas. También los hijos de Israel y de Judá que habitaban en las ciudades de Judá, dieron del mismo modo los diezmos de las vacas y de las ovejas, y trajeron los diezmos de lo santificado, de las cosas que habían prometido a Jehová su Dios, y los depositaron en montones” (2Crón. 31:4-6-).

 “Entonces mandó Ezequías que preparasen cámaras en la casa de Jehová, y las prepararon. Y en ellas depositaron las primicias y los diezmos y las cosas consagradas fielmente; y dieron cargo de ello al levita Gamanías, el principal, y Simei su hermano fue el segundo” (2Crón.31: 11-12).

 Otro ejemplo para tener en cuenta es del de Josías, rey de Judá, tiempo en el cual se produce un gran despertar religioso, precedido este tiempo por una época de gran idolatría, en el reinado de Manasés.

 Estos son solo ejemplos que nos dicen que la Ley de Moisés no era cumplida en la mayor parte del tiempo por el pueblo de Dios, Israel, y nos muestran con qué facilidad caían en el pecado de idolatría.

 Luego del destierro, ya en tiempos de Esdras y Nehemías, cuando ya se había reconstruido el templo, se habían reiniciado los servicios que se celebraban en él, y luego de que fuera leída la Ley de Moisés al pueblo y confesados los pecados, el pueblo que retornó de la cautividad a Jerusalén, hace un compromiso de guardar la Ley, tal como estaba escrita.

 En lo relacionado con el diezmo, la Biblia nos relata lo siguiente:

 “Y que cada año traeríamos a la casa de Jehová las primicias de nuestra tierra, y las primicias del fruto de todo árbol. Asimismo los primogénitos de nuestros hijos y de nuestros ganados, como está escrito en la ley; y que traeríamos los primogénitos de nuestras vacas y de nuestras ovejas a la casa de nuestro Dios, a los sacerdotes que ministran en la casa de nuestro Dios; que traeríamos también las primicias de nuestras masas, y nuestras ofrendas, y del fruto de todo árbol y del vino y del aceite, para los sacerdotes, a las cámaras de la casa de nuestro Dios, y el diezmo de nuestra tierra para los levitas, y que los levitas recibirían la décima parte de nuestras labores en todas las ciudades, y que estaría el sacerdote hijo de Aarón con los levitas, cuando los levitas recibiesen el diezmo, y que los levitas llevarían el diezmo del diezmo a la casa de nuestro Dios, a las cámaras de la casa del tesoro. Porque a las cámaras del tesoro han de llevar los hijos de Israel y los hijos de Leví la ofrenda del grano, del vino y del aceite, y allí estarán los utensilios del santuario, y los sacerdotes que ministran, los porteros y los cantores; y no abandonaremos la casa de nuestro Dios: (Nehem. 10:35-39).

 “En aquel día fueron puestos varones sobre las cámaras de los tesoros, de las ofrendas, de las primicias y de los diezmos, para recoger en ellas, de los ejidos de las ciudades, las porciones legales para los sacerdotes y levitas, porque era grande el gozo de Judá con respecto a los sacerdotes y levitas que servían” (Nehem. 12:44).

 “...y le había hecho una gran cámara, en la cual guardaban antes las ofrendas, el incienso, los utensilios, el diezmo del grano, del vino y del aceite, que estaba mandado dar a los levitas, a los cantores y a los porteros, y la ofrenda de los sacerdotes” (Nehem. 13: 5).

 “Y todo Judá trajo el diezmo del grano, del vino y del aceite, a los almacenes” (Nehem. 13:12).

 Lo destacable de este período es que nuevamente el pueblo promete obedecer a Dios en todo, en no desatender su Casa, en proveer al sustento de quienes servían al Señor en el templo (sacerdotes y levitas).

 Las ofrendas eran dadas con gran alegría de parte del pueblo, y eran tan abundantes que se hicieron depósitos especiales para guardar los mismos. Evidentemente esta vez tenían la intención de servir con fidelidad al Señor. Esta promesa se realiza luego de la construcción del segundo templo, llamado el Templo de  Zorobabel, que fue terminado el 3er. día del mes de Adad, que era el 6to. año del rey Darío (año 516 A.C.)

 Unos años mas tarde, el profeta Malaquías, último de los profetas menores, que vivió alrededor del año 450 A.C., hace un nuevo llamado para que el pueblo de Israel sea fiel a los mandamientos dados por Dios, lo que evidencia que el pueblo Hebreo nuevamente había dejado de cumplir los mandatos y Leyes dados por Dios a Moisés.

 “Acordaos de la ley de Moisés, mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Ma. 4: 4).

 En lo relacionado con el diezmo, Malaquías dice:

 “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Me dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos? ¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos. Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos” (Mal. 3: 6-12).

 Este texto de Malaquías es uno de los más utilizados en algunas iglesias cristianas en la actualidad para justificar el diezmo, imponiéndolo como obligatorio a los miembros de las mismas. 

Sobre esto podemos decir que este pasaje fue escrito por un profeta judío, inspirado por Dios, el Dios único y verdadero, dirigido a su pueblo: el judío. Pero también debemos tener en cuenta que ese pueblo era, en aquel entonces, el único que conocía a ese Dios verdadero. Más aún, el único pueblo a quien Dios se había revelado, con quién tuvo misericordia muchas veces, a pesar de que lo abandonaron en infinidad de ocasiones, ese pueblo que debía mantener viva la llama de la fe hasta que llegara el gran día en que Dios se hiciera conocer a todo el mundo; hasta que revelara en toda su plenitud su plan de salvación, hasta que se cumpliera la promesa hecha muchos siglos antes a Abraham: “...y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gén. 12:3).

 Como vimos, en Malaquías 3:8 dice: “...Pues vosotros me habéis robado...En vuestros diezmos y ofrendas”.

 ¿Por qué el Señor da tanta importancia a este punto? 

Recordemos que:

  1)Los levitas no habían recibido tierras como parte de su herencia en la tierra prometida, en Canaán. Tampoco los sacerdotes, descendientes de Aarón, hijo de Leví. Era obligación de las otras tribus abonar ese 10 %, como si fuera por ejemplo, un alquiler.

    2)La herencia de los levitas era el diezmo de lo producido por las demás tribus, sus hermanos; los sacerdotes a su vez el diezmo del diezmo.

     3)Los levitas tenían como tarea el servicio en el tabernáculo primero o en el templo después. Los sacerdotes tenían a su cargo el servicio sacerdotal delante del Señor, que incluía el cumplimiento de toda la ley de sacrificios. También tenían la obligación de enseñar al pueblo la Ley escrita de Moisés.

 “Y Jehová habló a Aarón, diciendo: Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir entro lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de Moisés” (Lev. 10: 8-11).

 Debían tener especial cuidado en diferenciar correctamente lo bueno y lo malo; entre lo inmundo y lo limpio, delante de Dios. Y también en enseñar los estatutos que Jehová había dado al pueblo por medio de Moisés.

 4)Cuando los levitas recibían el diezmo de sus hermanos (y los sacerdotes el diezmo del diezmo), los servicios se cumplían con regularidad, y la enseñanza de los mandamientos y estatutos de Dios eran realizados con fidelidad, siendo conocidos por lo tanto por el pueblo.

  5)Cuando los levitas y sacerdotes no los recibían, debían trabajar para su subsistencia, abandonando de esa manera las tareas específicas asignadas, por lo tanto no enseñaban los mandamientos y estatutos. El pueblo de esa manera desconocía la voluntad de Dios o tenía un conocimiento muy poco profundo de los mismos, o caía así fácilmente en la idolatría, viendo el ejemplo dado por los pueblos vecinos.

Encontré asimismo que las porciones para los levitas no les habían sido dadas, y que los levitas y cantores que hacían el servicio habían huido cada uno a su heredad. Entonces reprendí a los oficiales, y dije ¿Por qué está la casa de Dios abandonada? Y los reuní y los puse en sus puestos. Y todo Judá trajo el diezmo del grano, del vino y del aceite, a los almacenes” (Nehemías 3: 10-12)

 Por lo tanto, cuando el Señor dice que le habían robado, quiere decir que no habían dado la parte que no era de ellos sino de los levitas, que no habían recibido herencia. Estos por lo tanto no podían atender su subsistencia ni la de sus familias y debían salir a trabajar, por lo que abandonaban una y otra vez la principal obligación que tenían, que era la de “enseñar”.

      6)Cuando dice: “y haya alimento en mi casa”, significa precisamente eso: que puedan tener suficiente para saciarse ellos y sus familias, y de esa manera dedicarse plenamente a lo que debían hacer: el servicio a Dios en el templo, y en la enseñanza de la Ley de Moisés al pueblo.

     7)Cuando se habla de “...y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” se interpreta generalmente como bendiciones materiales. O sea si damos mucho dinero o bienes, Dios nos bendecirá con más bienes o dinero. Pero aquí no dice eso. Dios nunca prometió muchísimas riquezas, sino lo suficiente para vivir, a aquellos que creen en él. Una bendición en algunos casos podría significar incluso menor cantidad de dinero o bienes, si estas cosas llegaran a ser la causa de que nos apartemos de él.

     8)El pueblo judío había sido castigado muchas veces con la destrucción de sus frutos, granos, haciendas, etc., sufriendo por lo tanto hambres, muertes, persecuciones, etc. Por eso, cuando les promete que el devorador no destruiría los frutos de la tierra, les quiere decir que tendrían lo suficiente para vivir, si cumplían con su voluntad, entre ellas el de dar el diezmo, para permitir a los sacerdotes cumplir con sus funciones sacerdotales, y a los levitas sus obligaciones de servicio en el templo. Esto incluía por supuesto la enseñanza.

 También debemos recordar que en aquellos tiempos no había libros en abundancia como en la actualidad, sino pergaminos en los que estaba escrita la Ley de Moisés. Esto hacía imprescindible la enseñanza oral, pues no estaban al alcance del pueblo común los materiales de estudio.

 Como un resumen de lo dicho hasta ahora, podemos decir que el diezmo:

          1) Era una costumbre practicada desde muy antiguo, mucho antes de ser dictada la Ley de Moisés. Como vimos, ya hay referencias del diezmo en tiempos de Abraham. En ese entonces, no había ninguna ley que obligara a darlo: se hacía en forma voluntaria.

          2) En tiempos de Moisés se transforma en una ley escrita, de cumplimiento obligatorio para el pueblo judío. Era parte de sus leyes.

          3) Debía darse con alegría en el corazón, compartirla con familiares, sirvientes, levitas, etc. Se daba como una parte de las bendiciones recibidas.

         4) Cada tres años debía darse en las ciudades otro diezmo, que estaba destinado al mantenimiento de los huérfanos, las viudas, los extranjeros y los levitas.

           5) El pueblo judío no fue fiel en su cumplimiento, pese a las muchas oportunidades que le dio el Señor para que cambiara de actitud.

          6) Era necesario darlo para que los levitas y sacerdotes pudieran realizar la tarea encomendada por Dios, o sea realizar el servicio en el templo, las tareas propias sacerdotales, y también la enseñanza de sus leyes y mandamientos.

 

      2 – EL DIEZMO EN EL NUEVO TESTAMENTO

      a) EN LOS TIEMPOS DE JESÚS

 Como vimos, la ley de Moisés no dio los resultados esperados, o sea que el hombre no fue capaz de cumplirla

 ¿Será que debemos considerar a esa ley como mala? De ninguna manera, pues la escritura dice:

 “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31).

 "De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo,justo y bueno" (Rom. 7:12)

 Si todo lo que Dios hizo es muy bueno, si todo lo que Dios hizo y hace es perfecto, tampoco puede ser mala la ley que en definitiva fue una creación suya.

 Pero el hombre, a causa del pecado, se apartó y se aparta de Dios, no cumplió, no cumple ni puede cumplir con sus mandamientos; en una palabra, no hace la voluntad de su creador:

 “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal. 14: 2-3)

 No había quien hiciera el bien, no había ni siquiera uno, dice Dios, o sea que todos, absolutamente todos son pecadores, y por lo tanto transgresores de la Ley de Dios, pero él, en su infinita gracia y misericordia nos ofrece su plan de salvación, plan que había sido prometido por el Señor desde hacía mucho tiempo antes.

 Uno de los profetas que habló de ese plan de salvación y de lo que sería el Salvador, fue Isaías quien dice:

 “Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá” (Isaías 51:6).

 “Porque como a vestidura los comerá polilla, como a lana los comerá gusano, pero mi justicia permanecerá perpetuamente, y mi salvación por siglos de siglos” (Isaías 51:8).

 “Jehová desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro” (Isaías 52:10).

 “Así dijo Jehová: Guardad derecho, y haced justicia; porque cercana está mi salvación para venir, y mi justicia para manifestarse” (Isaías 56:1).

 Pero nuestro Señor va más lejos aún, ya que llama al hombre a arrepentirse y volverse a él, pues así lo dice en su palabra:

 “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:7).

 La idea de pecado y la necesidad de un Salvador ya eran reconocidas en el antiguo testamento. Por ejemplo, David cuando pecó con Betsabé, reconoce su pecado y se arrepiente (ver salmo n° 51) y luego de su confesión obtiene el perdón del pecado cometido y la restauración (ver salmo n° 32).

 Por eso el Señor, a su debido tiempo envía un Salvador, el que había prometido ya desde la caída del hombre en pecado, en el jardín de Edén.

 ¿Vino Jesús para derogar la ley porque no servía? No, de ninguna manera, porque todo lo que viene de Dios es bueno. El vino no para derogar la ley sino para cumplirla.

 “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será grande en el reino de los cielos” (Mat. 5: 17-19).

 La versión moderna de la Biblia traduce este pasaje como: “No crean ustedes que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés ni a las enseñanzas de los profetas; no he venido para ponerles fin, sino a darles su verdadero significado”.

 Al decir cumplirlas, o darle su verdadero significado, nos quiere aclarar que la ley no fue interpretada correctamente, que no fue cumplida con anterioridad, y que era necesario cumplirla. El hombre a causa de su pecado no podía salvarse cumpliendo la ley, pero era indispensable que alguien en lugar del hombre lo haga, porque era la ley dada por Dios. Por eso vino Jesús, para darnos salvación, pero también para cumplir toda le ley escrita.

 En relación con el diezmo,  las referencias que encontramos en los evangelios son dos:

 Jesús denuncia a escribas y fariseos:

 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mat. 23: 23).

 El divino maestro subraya aquí que los escribas y fariseos cumplían con el rito del diezmo hasta en los mínimos detalles, aún en las cosas más pequeñas (nos da el ejemplo de plantas aromáticas, de las cuales en la preparación de los alimentos se usa muy poco), pero que esto no tendría ningún valor si no tenían otros atributos, como ser la justicia, la misericordia y la fe, cosas que había enseñado y estaba contenido en la ley de Moisés. Les dice que esto era precisamente lo más importante. Nadie es perfecto, y por lo tanto nadie se salvará cumpliendo la ley, porque nadie está en condiciones de hacerlo, porque el hombre por naturaleza es pecador y por ende se encuentra separado de Dios. Pero también aclara que, aunque la justicia, la misericordia y la fe eran las cosas más importantes, no debían dejar de cumplir con el otro requisito, que era precisamente dar el diezmo tal como estipulaba la ley escrita.

 Parábola del fariseo y del publicano:

 “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos  de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aún alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Luc. 18: 9-14).

 Al no justificar a quien cumplía toda la ley, entre ellos con el diezmo, nos da a entender que las obras propias no tenían ningún valor ante Dios. No hay justo, ni aún uno, había dicho con anterioridad, por lo tanto nadie sería justificado por el cumplimiento de la ley, “porque cualquiera que guardare toda la ley pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Sant. 2: 10).

 Ya desde la más remota antigüedad existen antecedentes de la búsqueda de la salvación, empleando los dos caminos posibles:

 La salvación por medio de las obras, cumpliendo la ley (o tratando de cumplir la ley), o sea llegar a Dios por medio del esfuerzo propio, camino seguido por el fariseo.

 En la salvación por medio de la gracia, reconozco que la ley es buena pero no puedo cumplirla, me doy cuenta de que ante Dios soy pecador, de que soy merecedor de eterna condenación, de que necesito de un Salvador. Luego de obtenerla, trato de cumplir la ley, no para obtener la salvación sino porque ya obtuve la salvación, por amor a ese Salvador, que ha dado su vida por mí, camino seguido por el publicano.

 El primer ejemplo, salvación por obras, ya fue seguido por Caín (Génesis 4: 1-7), quien trajo ante Dios el fruto de la tierra, el fruto de su trabajo. Mas Dios no lo mira con buenos ojos. En cambio Abel, su hermano, trae como ofrenda una oveja, ejemplo que siguen luego Abraham, Isaac, Jacob, etc. y se transforma en precepto de la Ley de Moisés como parte del ceremonial judío, que es figura del verdadero sacrificio realizado por nuestro Señor Jesucristo “...y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb. 9: 22).

 La ley establecía que los judíos debían ofrendar a Dios no solo el diezmo, sino otras ofrendas especiales para un fin determinado, como por ejemplo refaccionar el templo, costumbre que comenzó en tiempos de Nehemías.

"Nos impusimos además por ley, el cargo de contribuir cada año con la tercera parte de un ciclo para la obra de la casa de nuestro Dios" (Nehemías 10: 32).

Esa contribución se encontraba aún vigente en tiempos de Jesús, como vemos en el texto siguiente:

 “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti” (Mateo 17: 24-27) (Estatero: moneda griega de plata, equivalente a cuatro dracmas).

 Esta contribución solicitada por los cobradores del impuesto del templo no era una contribución civil sino religiosa, destinada al sostén del templo, y se exigía el pago de dicho impuesto a todos los judíos. Negarse a hacerlo sería considerado como deslealtad al templo, lo que a los ojos de los rabinos era un pecado muy grave. Pero ciertas personas estaban exentas de ofrendar dicha contribución. Los levitas y sacerdotes no habían recibido herencia en el pueblo judío, porque Jehová era su heredad. En tiempos de Jesús, los sacerdotes y levitas eran considerados todavía como dedicados especialmente al servicio en el templo y no se les requería dicha contribución anual para su sostén, También los profetas estaban exentos de realizar ese pago.

 Por eso, el hecho de que se le requería a Jesús esa contribución, significaba que no lo reconocían como profeta. Por lo tanto él estaba en un dilema: si no pagaba los ofendería y provocaría un escándalo; si lo pagaba, daba pie a las pretensiones de ellos que negaban su divinidad, como el verdadero sacerdote, según el orden de Melquisedec. Aunque no le correspondía abonar ese impuesto, decide darlo ordenando a Pedro que lo hiciera así. Como no tenía dinero, le manda ir de pesca, y esa moneda encontrada en su boca sería suficiente para el pago del impuesto para ambos, o sea Jesús y Pedro (incluso produce un milagro para cumplir con el requisito solicitado).

 Vemos con este ejemplo que Jesús, ante la disyuntiva de dar o no dar, toma el camino de dar aunque no le correspondía hacerlo. En este punto correspondería preguntarnos: En un caso similar ¿Haríamos nosotros lo mismo?

 En relación con las ofrendas, también encontramos el ejemplo de la viuda pobre:

 Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra, mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lucas 21: 1-4).

 En este relato Jesús nos está diciendo que lo importante no es la cantidad, sino la calidad de las ofrendas. Los ricos, daban parte de lo que les sobraba, luego de haber suplido todas sus necesidades. La viuda pobre, solo tenía dos blancas, dinero suficiente apenas para comprar alimentos para un día; pero ella echó esas monedas en el arca de las ofrendas. Con este acto ella demostró que amaba a Dios, a tal punto que estuvo dispuesta a sufrir hambre ese día, para poder colaborar con el sostén del templo. Los ricos daban parte de lo que les sobraba para cumplir con la Ley. Ella lo da todo por amor a Dios, y esto es lo que Jesús se encarga de resaltar a sus discípulos en esa oportunidad...y que también es un mensaje para nosotros en la actualidad.

 En una oportunidad Jesús pidió al joven rico (historia registrada en Mateo 19:16 a 29), que se desprendiera de toda su fortuna dándosela a los pobres y luego lo siguiera, para así ser su discípulo. Este joven rico quería estar seguro de poseer la vida eterna, y este es el precio que pidió Jesús para conseguirla.

 Esto no es una regla que se debe aplicar en todos los casos. No siempre es necesario desprenderse de los bienes para estar bien con Dios. Solo se puede aplicar en aquellos casos en que el dinero o los bienes materiales se interponen entre ese hombre y Dios, o cuando para ese hombre el dinero es más importante que su relación con Dios.

 Jesús, en el Sermón del monte enseñó:

 “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mat. 5: 29-30).

 En el caso del joven rico, lo que le ocasionaba la oportunidad de caer, era su riqueza y la confianza que él puso en esa riqueza. Por esa causa Jesús le dice que corte esa atadura, vendiendo todo lo que tenía, para así ser fiel a Dios. Pero él no quiso pagar tan alto precio para ser salvo. Sin embargo, esa salvación es tan importante que de nada sirve tener riquezas, o poner la confianza en ellas, si la vida eterna se pierde por causa de ellas.

 “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

 “También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla, preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró” (Mateo 13: 45-46).

 En el primer ejemplo Jesús nos enseña que nosotros debemos decidir a quién ponemos en primer lugar. En el segundo pone un ejemplo de alguien que eligió bien. La perla hallada es la vida eterna. Ese hombre vende todo lo que tiene, se desprende de todo para poseerla.

 La palabra de Dios nos enseña que hubo casos en que las riquezas no fueron impedimento para ser fieles a Dios. Por ejemplo Abraham, que era muy rico, a quién Dios le pidió que sacrificara a su único hijo, Isaac, y él no se lo negó, sino que fue obediente a ese pedido, llevándolo al lugar del sacrificio. Pero Dios interviene a tiempo y le da la solución, no le permite hacerlo y le dice:

“No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. (Gén. 22: 12). 

                                     Otro ejemplo que encontramos es el de Job, hombre muy rico que, a instancias del diablo pierde todo lo que tenía, pero él, ni en esa circunstancia peca contra Dios sino que dijo:

 “Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1: 20-22).

 En las escrituras podemos hallar consejos útiles en lo relacionado con las ofrendas que damos a Dios:

 “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 6: 1-4).

 Podríamos preguntarnos por qué los demás no deben enterarse, en lo posible, lo que nosotros ofrendamos a Dios. La respuesta es obvia, Los diezmos y ofrendas las damos a Dios, para él y para su obra en esta tierra. Lo que damos como ofrendas es de importancia solo para el que da  y para el Señor; lo damos para que el mensaje de salvación sea predicado a toda criatura, para que todos conozcan el plan de salvación y que todos puedan tener la oportunidad de cambiar de actitud, arrepentirse de sus pecados y retornar a Dios. No para que los demás nos alaben por lo que hacemos.

  b) EL DIEZMO EN EL TIEMPO DE LOS APÓSTOLES

 Hasta ahora se ha tratado de explicar el diezmo relacionado con el primer pacto, pacto que hizo Dios con Abraham  (Génesis 15:18; 17:1-27), Isaac (Génesis 26:2-5) y Jacob (Génesis 28: 12-15), el que fue reafirmado después a sus descendientes, al salir de Egipto por mano de Moisés (Éxodo 2.24, 6:2-5, 19:3-6, 24:7-8, etc.). Dios dicta a Moisés todos los mandamientos y estatutos que luego se aplicarían al pueblo judío. 

Jesús vino a cumplir dicho pacto, (o darle el verdadero significado), pacto que no pudo ser cumplido cabalmente por los israelitas. Jesús, al terminar su carrera en este mundo establece un nuevo pacto en sustitución del primero, que lo reemplazaría luego de su muerte, resurrección y exaltación, tal como está escrito:

 “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es un pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón, y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:31-34).

 “Y tomando la copa, y habiendo dado  gracias, les dio, diciendo; bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26: 27-28).

 Con ese sacrificio realizado en la cruz derramando su sangre por todos nosotros, Jesús da cumplimiento del antiguo pacto, dando así por terminado los sacrificios por el pecado, y toda la ley de Moisés, tal como se venía haciendo hasta ese entonces, tema que se encuentra explicado en la carta a los Hebreos capítulo 8: 1-13 y 9:1-22.

 En Hebreos 8:13, por ejemplo, podemos leer: “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer”.

 Estas dos porciones de la Carta a los Hebreos, nos enseñan que el primer pacto quedó sin efecto, no porque no servía, sino porque había sido cumplido en su totalidad por Jesucristo, y además, porque el primero era solo un símbolo, una figura del verdadero, y que duraría desde Moisés, en que fue promulgado, hasta Jesús en que fue cumplido.

 El escritor del libro de los Hebreos, toca también el tema del diezmo, relacionándolo con el tiempo de Abraham, y aclarando su significado:

 “Porque Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo, cuyo nombre significa primeramente: Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre. Considerad, pues, cuán grande era éste, a quien aún Abraham el patriarca dio diezmos del botín. Ciertamente los que de entre los hijos de Leví reciben el sacerdocio, tienen mandamiento de tomar del pueblo los diezmos según la ley, es decir, de sus hermanos, aunque éstos también hayan salido de los lomos de Abraham. Pero aquel cuya genealogía no es contada de entre ellos, tomó de Abraham los diezmos, y bendijo al que tenía las promesas. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor. Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales, pero allí, uno de quien se da testimonio de que vive. Y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos” (Hebreos 7:1-9).

 De este texto podemos inferir que Abraham no dio el diezmo al sacerdocio levítico instaurado a los israelitas al salir éstos de Egipto, sino varios siglos antes, a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, cuyo nombre significa rey de Justicia y también Rey de paz, sin padre ni madre ni genealogía, que no tiene principio de días ni fin de vida, semejándose con esto al Hijo de Dios, Jesús, el cual permanece sacerdote para siempre.

 Por otra parte, teniendo en cuenta que Jesús fue proclamado por Dios como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 5:10), concluimos que Abraham dio los diezmos al sacerdocio de Melquisedec, de la orden y clase de Jesucristo, anterior también al pacto que hace Dios con Abraham, por lo que podemos asegurar que el diezmo de Abraham no es de la misma clase que el diezmo de la Ley de Moisés. Por lo tanto debemos considerar que, si Abraham dio el diezmo a Melchisedec, que era figura del que había de venir, cuanto más nosotros debemos dar por lo menos esa suma para nuestro Señor Jesucristo, a quien Dios constituyó como nuestro Sacerdote y que se encuentra intercediedo por nosotros en el trono de Dios, allá en los cielos.

 No encontramos en el nuevo testamento, otras referencias directas relacionadas con el diezmo después de la ascensión de Jesús. Más aún, podemos decir que la práctica del diezmo no está ordenada en el nuevo testamento. Lo que sí podemos decir que el tema de “dar”, adquiere un nuevo significado, por ejemplo:

 “...de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mat. 10:8).

 “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido.  En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:33-35).

 Encontramos también otras costumbres que comenzaron a aparecer entre los primeros cristianos, como ser la comunidad de bienes:

 “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4: 32-35).

 Hay un caso especial a considerar sobre este último párrafo:

"Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.

Esa actitud era muy loable y digna de imitar. Pero el capítulo 5 de Hechos, versículos 1 a 11, nos relata una historia que debemos tener en cuenta, la historia de Ananías y Safira, quienes quisieron imitar ese gesto, y cuyo comportamiento no debemos seguir.

"Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo solo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó  Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿No estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levántándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiéndo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Si, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán  a ti. Al instante ella cayó a los pies de él y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas" (Hechos 5: 1-11)

De este caso podemos extraer las siguientes reflexiones:

      a)Nadie les había obligado a dar el importe total de la propiedad vendida. Si era ese su deseo podrían haber dado el total de la venta, o una parte, o nada.

        b)Ellos quisieron aparecer ante los cristianos como benefactores que estaban dispuestos a vender una propiedad para donarla en su totalidad. Pero retienen una parte porque no estaba en su corazón dar tanto dinero.

 El haber dicho que donaban todo lo producido por la venta de la propiedad, pero en realidad dar solo una parte, aparecían ante los demás como más benefactores de lo que en realidad eran. Este acontecimiento y sus resultados nos enseñan que no debemos hacer tal cosa. Si es nuestro deseo y voluntad dar poco, reconozcámoslo ante los demás. No aparezcamos ante los hombres y ante Dios como hipócritas y mentirosos.

 El apóstol Pablo, en su 2da. Carta a los Corintios, Capítulos 8 y 9 nos da algunas ideas relacionadas con la nueva doctrina de dar, y que puede resumirse en dos versículos:

 Pero esto digo: el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2da Cor. 9: 6-7).

 La Biblia Dios Habla Hoy traduce este texto así: “Acuérdate de esto: el que siembra poco, poco cosecha; el que siembra mucho, mucho cosecha. Cada uno debe dar según lo haya decidido en su corazón, y no de mala gana o a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría”.

 Esta doctrina que describe el apóstol Pablo, se diferencia de la Ley de Moisés porque:

 La ley fijaba el diezmo como contribución del pueblo al sostenimiento del servicio del templo. Ahora cada uno de los creyentes fijaba por sí mismo el monto a dar a la iglesia.

 En la ley de Moisés, el diezmo era de cumplimiento obligatorio. Las ofrendas de los cristianos no tienen ese carácter. Cada uno da lo que propuso en su corazón.

 El hecho de que la ley establecía  que debían dar el diezmo, como obligación, podría provocar disconformidad o tristeza, por tener que desprenderse de bienes, o sea que no se daba con alegría, como la misma ley lo establecía. (Deuter. 12:7). El hecho de querer imponer en la actualidad los diezmos y ofrendas como obligación, si el que lo da no lo hace con alegría, no tiene ningún valor para quien lo da.

 Las ofrendas en el nuevo pacto deben darse siempre con alegría, porque Dios ama al dador alegre. Dar con alegría quiere decir desprendimiento sincero de lo que se da, sea esto poco o mucho. Significa reconocer que todo lo que tenemos o poseemos procede Dios, que nosotros somos solo administradores de los mismos.

 El dar con alegría, el desprendernos de una parte de lo que Dios nos dio, debe ser hecho como un acto de amor, amor al Señor que tanto hizo por nosotros, a tal punto que dio su mayor tesoro para posibilitar nuestra salvación. Él dio a su propio hijo, Jesús. Pero también debemos demostrar el amor al Señor, mediante el amor a nuestros hermanos: “Si alguno dice: Yo amo a  Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ra. Juan 4: 20-21).

 Las ofrendas dadas con alegría son las que realmente valen. Con ellas se contribuye al sostenimiento de la iglesia, especialmente al permitir que estas prediquen el mensaje del evangelio de las buenas nuevas, que fue el principal mensaje dado por los apóstoles de la iglesia primitiva.

 Otros datos que aporta el nuevo testamento para la época apostólica son los siguientes:

 “En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. Y cuando haya llegado, a quienes hubiereis designado por carta, a éstos enviaré para que lleven vuestro donativo a Jerusalén. Y si fuere propio que yo también vaya, irán conmigo” (1 Corint. 16:1-4).

 “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén. Pues les pareció bueno, y son deudores a ellos; porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales” (Romanos 15: 25-27).

 Estos ejemplos nos indican que en ese tiempo se practicaba la costumbre de dar ofrendas, que se destinaban a las necesidades de otros lugares. El amor a Cristo se demostraba con el amor al prójimo. También nos dice que los gentiles, que anteriormente no eran de la fe, que no conocían el amor de Dios, y que conocen el evangelio gracias a la predicación, dan con agrado para aquellos que les predicaron. Los gentiles recibieron muchas bendiciones al recibir el evangelio de Jesucristo, y por lo tanto se consideraron a sí mismos deudores de los mensajeros de Dios. Esto nos enseña que los que se dedican por entero a la predicación del evangelio, deben vivir de ese ministerio. 

Jesús, por ejemplo, en una oportunidad enseñó:

 “No es proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón, porque el obrero es digno de su alimento” (Mat. 10:9-10).

 Y Pablo nos dice al respecto: “¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los  que sirven al altar, del altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1ra. Cor. 9:13-14).

 Podemos concluir con esto que en el tiempo de los apóstoles, en tiempos de la Iglesia Primitiva, en el nacimiento de la Iglesia cristiana, se dejó de lado el diezmo, por ser parte de la Ley de Moisés, pero los creyentes en muchas oportunidades ofrendaban mucho más que el diezmo, daban lo que proponían en su corazón. “Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.

c)EL DIEZMO EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA CRISTIANA

 A través de la historia, los cristianos han tenido distintas posturas en relación a los diezmos y ofrendas, no siempre acordes con los métodos utilizados en la iglesia primitiva, y en algunos casos, no coincidían en nada con las enseñanzas de Jesucristo.

 Para preparar este comentario, dado que en la biblia no hay datos posteriores, se han tomado los datos de libros de historia, comentarios varios, diccionarios, etc. Las referencias corresponden a la obra “Historia del Cristianismo” de Kenneth Scott Latourette.

 Este autor nos dice en H. del C. Tomo I, pág. 266-268: “Desde el mismo principio las iglesias cuidaban de los pobres y de las viudas, y esto no sólo dentro del círculo inmediato de cada congregación, sino que algunas iglesias acudían en socorro de otras iglesias que estaban sufriendo de algún apuro especial o permanente. Además algunos de los apóstoles cobraban su sostén de sus hermanos cristianos. Por un breve tiempo, en la primera iglesia de Jerusalén, todos los cristianos participaban de una comunidad de bienes. En aquella iglesia se prestaba ayuda especial a las viudas. La iglesia de Jerusalén exhortaba a las iglesias de los gentiles a que se acordasen de los pobres, y en esto el gran misionero de los gentiles, Pablo, cooperaba de todo corazón. Pablo sentía gran satisfacción en trabajar con sus propias manos para ganar su sostén, pero parece decir que los otros apóstoles, inclusive Pedro, y los hermanos de Jesús, eran sostenidos por las iglesias. Pablo levantó una buena suma entre las iglesias gentiles para ayudar a los cristianos de Judea, e indicó que esto había de hacerse, apartando los cristianos algo en el primer día de la semana, es decir, estableció una forma de contribución sistemática.

 En el cuarto siglo, siguiendo el precedente del antiguo testamento y observando la práctica de los cristianos anteriores, hallamos el mandamiento de que se trajeran los primeros frutos del lagar, de la era, del ganado, del redil y de otras cosas, a los sacerdotes, y que dedicasen la décima parte de las ganancias a las viudas, a los pobres y a los extranjeros. También leemos que todo profeta verdadero o maestro que llegara a una comunidad cristiana, había de ser mantenido. Estas instrucciones eran corrientes, por lo menos en el oriente.

 Cuando, empezando con Constantino, se comenzaron a otorgar favores especiales a las iglesias de parte del Estado, el clero fue eximido de las obligaciones públicas, las que habían llegado a ser una carga para muchos, y se permitían donaciones a la Iglesia Católica por medio de legados. Constantino hizo erigir numerosos edificios eclesiásticos en varias partes del Imperio y los dotaba. Algunos emperadores posteriores también hicieron edificar templos. Mas pronto algunos del clero fueron acusados de usar medios indignos para conseguir donativos de parte de los pudientes. Antes del fin del siglo quinto, bien fuera por medio de donativos o por otros medios, algunas iglesias, especialmente las de Roma, llegaron a ser dueñas de grandes posesiones, el manejo de las cuales vino a ser un  gran problema de administración, y cuyas rentas se destinaban en gran parte al sostén de viudas, huérfanos y pobres”.

 Más adelante el mismo autor dice: ...muchas de las parroquias y capillas habían sido dotadas con tierras por los magnates locales para así ganar “la salvación de sus almas”, mas los donantes retenían para sí y sus herederos el privilegio de nombrar a los pastores para estos lugares. Estos derechos podían ser transferidos por venta, dádiva o herencia...”.

 “...las medidas que tomaba Carlomagno, no impedían que muchas dotaciones eclesiásticas fuesen designadas para sus favoritos y aún para laicos. Así su Biógrafo, Einhard, un favorito en su corte y en la de su hijo, Luis el Piadoso, disfrutaba de las entradas de varias abadías importantes...”.

 “...Carlomagno perfeccionó un sistema de diezmos para el sostén de los obispos y del clero parroquial, y como autoridad para este principio, el clero citaba la Ley Mosaica, así que la costumbre se fue extendiendo gradualmente. En 585 un sínodo de los prelados francos pidió que este sistema se estableciera como regular. Pipino el Breve dio a los diezmos un carácter legal como un impuesto reconocido, y Carlomagno los aprobó. En los dominios francos y en otras partes de la Iglesia Occidental, el sostén del clero y el cuidado de los pobres también provenían de las ofrendas, muchas de ellas estipendios por concepto de misas, en retorno por los cuales, se habían de rezar misas en favor de los donantes o de personas por ellos designadas...(H.del C. T.I. Pág. 427-428).

 Para los tiempos de Inocencio III (Papa entre 1198-1216), podemos leer: “...para fortalecer y purificar a la Iglesia, ordenó que para el sostén de la misma se diese la preferencia a los diezmos sobre los demás impuestos...”.

 Para el período de tiempo a fines de la edad media (años 1000-1350), en relación a los diezmos y ofrendas, podemos destacar lo siguiente: “...el sostén del clero se devengaba en parte de los diezmos cobrados por los frutos del campo, la mercadería y las obras de mano. De ese fondo no solo se proveía el sostén para el clero, sino también el socorro para los pobres de la parroquia y la conservación de los edificios parroquiales. Las ofrendas se hacían en la misa, en los bautismos, casamientos y funerales. Siendo éstas voluntarias técnicamente, en la  práctica se hicieron obligatorias, pues fijaba tarifas por diferentes servicios prestados por el cura, práctica que obviamente se prestaba para exacciones y disputas...” (H.de. C. T.I Pág.620).

 Ya en tiempos de la Reforma, se había impuesto una costumbre, la de vender indulgencias, que fue el motivo que impulsó a Martín Lutero a clavar en la puerta de la Iglesia del Castillo de Wittemberg, las noventa y cinco tesis, en las cuales demostraba que las indulgencias eran contrarias a las Sagradas Escrituras.

 Si bien, la costumbre de dar el diezmo continúa después de la Reforma, por lo menos en algunos lugares, ya algunos movimientos cristianos practicaban la comunidad de bienes, por ejemplo, y se oponían a los abusos de la Iglesia en este aspecto, pues no siempre se destinaban las ofrendas para el fin para el cual fueron dados. Con el conocimiento por parte del pueblo del contenido de la Biblia, comienza una interpretación más fiel y acabada sobre todos los temas  tocantes a la Salvación.

 Por ejemplo, en 1658, con la firma de la Paz de Westfalia, luego de 30 años de guerra, se anula el Edicto de Restitución, que obligaba a devolver a los católicos sus propiedades, y quedan en poder de los protestantes muchos obispados, monasterios e iglesias anteriormente católicos. Por el año 1714, en Irlanda “...siguió exigiéndose el diezmo para el sostén de la iglesia de Irlanda...”, medida tomada conjuntamente con otras, luego de grandes períodos de guerras por motivos religiosos.

 En 1789, con la Revolución Francesa, se producen en Francia profundos cambios:  “...La Asamblea Nacional, empezó a hacer cambios radicales en la vida y estructura de la nación. Entre ellos hubo algunos que eran graves para la Iglesia Católica Romana. El 4 de agosto de 1789, fueron abolidos los diezmos, aliviando de esta manera inmediatamente a los labriegos de una carga que había estado tomando como la vigésima parte de sus productos, así privando a la iglesia de una de sus principales fuentes de entradas. Aquel mismo año todas las tierras de la iglesia que en aquel día comprendían como la quinta parte del área de Francia, fueron confiscadas y vinieron a ser propiedad del estado. En 1790 se ordenó que los monasterios sean disueltos...”. 

Unos años mas tarde, ya en el siglo diecinueve, en Inglaterra, también se producen modificaciones: “...el diezmo, una forma de ingreso de rentas para la iglesia que había descendido desde la Edad Media y que había sido pagado en gran parte con el producto de la tierra, era cada vez más irritante y se acordó que fuera pagado al contado. En 1868, como resultado de la agitación que empezó por lo menos treinta y tantos años antes y que era promovida por los disidentes, fue abolido el pago obligatorio de tasas parroquiales locales, y el mantenimiento del edificio eclesiástico vino a depender de las contribuciones voluntarias...” (H.del C. T.2 Pág. 568).

 Para fines del siglo diecinueve se amplían las reformas iniciadas, dando más importancia a las contribuciones voluntarias: “...de manera creciente las iglesias y sus benevolencias eran mantenidas por las contribuciones voluntarias de sus miembros más bien que por la imposición compulsiva de impuestos, dando testimonio de esta manera de la fidelidad de sus miembros en general. Donaciones a la multitud de servicios para el bien público, las más de ellas inspiradas por el sentido de responsabilidad naciente en la fe cristiana, eran un rasgo sobresaliente del siglo...” (H.del C. T.2 Pág. 774).

 Ya en pleno siglo veinte, podemos decir, que este método continuó generalmente hasta la fecha, salvo excepciones, Los países europeos más ricos, como también los Estados Unidos, financian en países pobres o no totalmente cristianos, misiones, que sostienen con contribuciones de esos países. En nuestro país, tenemos misiones y subsidios tanto de Europa, especialmente Alemania, como así también de los Estados Unidos, para esos fines.

 En Alemania, después del derrumbe del imperio, después de la Primera Guerra Mundial, se separan la iglesia del Estado: “En general el sostén financiero de las iglesias se devengaba del cobro hecho por las iglesias de un porcentaje de las entradas de los miembros, o por agencias gubernamentales en pro de las iglesias. Hubo también subsidios de parte del gobierno en atención a la propiedad eclesiástica confiscada durante la época napoleónica...” (HC.T.2-Pag.816).

 Estos antecedentes sobre el diezmo o las ofrendas que se dan para el sostenimiento de las distintas iglesias, han sufrido multitud de cambios a través de los 2000 años de la historia del cristianismo, y sigue siendo motivo de polémicas aún en la actualidad, debido a las distintas opiniones que cada uno puede tener sobre el tema.

 d)CONCLUSIÓN:

 Como conclusión a este tema podemos decir que el diezmo es una costumbre que existió desde la más remota anitüedad.

En el antiguo pacto, el pueblo judío debía dar el diezmo, en forma obligatoria, conforme a la Ley recibida por Moisés en el Monte Sinaí, cuyos detalles se encuentran el los libros de Levítico y Deuteronomio.

Lo ofrendado como diezmo en ese entonces tenía por finalidad entregar esos bienes a la tribu de Leví, quienes se encontraban al servicio del templo. El 10% de ese monto debía ser entregada a su vez a los sacerdotes. La herencia de esa tribu era precisamente el diezmo, ya que no habían recibido herencia de tierras, pero debían mantener a cambio viva la llama de la fe en el único Dios Verdadero para ellos y para las generaciones posteriores, y como ejemplo para los demás pueblos de la tierra. 

Desde los tiempos de los apóstoles en adelante y hasta nuestros días, ya con el nuevo pacto en vigencia, comienza una nueva forma de colaborar con la iglesia, consistente en dar ofrendas voluntarias. Los fundamentos se encuentran el la Palabra de Dios, La Biblia.

Pero esto digo: el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno de como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2da Cor. 9: 6-7).  O sea que se debía ofrendar generosamente, como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.

La escritura también dice:“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas” (1ra. Corintios 16: 1-2). Quien da ofrendas por haber recibido esas bendiciones voluntariamente, reconoce que Dios es el dueño de todo lo que recibe y tiene. Toda ofrenda se da a Dios, no porque sea ley, sino porque la gracia de Dios está en su corazón:

“Asimismo, hermanos, os hacemos saber que la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues, doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos, Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios; (2da. Corintios 8:1-5).

Como vemos, esas ofrendas eran requeridas a los creyentes en Cristo, que ya habían obtenido el perdón de sus pecados, que tenían nueva vida, y sus nombres estaban inscriptos en el Libro de la vida..Debe estar de acuerdo con ell amor que cada uno tiene para con Dios y para con sus semejantes. No sería recomendable solicitar y/o aceptar ofrendas de aquellos que  no han recibido aún a Jesús como salvador de sus vidas.

Nuestro Señor Jesucristo, antes de volver al seno del Padre dijo estas palabras:"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos"( Hechos 1: 6-9) 

Si bien en tiempos del antiguo testamento, el diezmo era destinado al mantenimiento de una tribu completa del pueblo judío. Actualmente tiene como finalidad contribuir a la propagación de la verdadera fe, la fe en el único Dios y en Jesucristo, nuestro Salvador, a los cuales muchos aún en nuestros días no conocen. Debemos tener en cuenta que todavía hay  millones de almas que aun no han oído hablar del Salvador y Señor Jesucristo, y que se perderán irremediablemente si no se les predica la Palabra de Verdad..El último mandato que nos dio Jesucristo fue el de llevar el evangelio de salvación hasta lo último de la terra. Después de 2000 años no se cumplimentó en su totalidad.

Jesús prometió muchas veces venir a buscar a los suyos, y que un día este mundo de pecado terminaría, habría un nuevo cielo y una nueva tierra. En Mateo capítulo 24 Jesús relata los acontecimientos que precederán a ese evento, el más esperado por todos los creyentes de todos los tiempos. Pero hay un requisito que debe cumplirse con anterioridad. En el versículo 14 de dicho capítulo leemos lo siguiente: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14)

Como vemos, antes de su segunda venida será necesario la predicación del mensaje de salvación a todas las naciones, a todos los habitantes de este planeta.

Es responsabilidad de cada uno de los creyentes, contribuir con su ofrenda para ese fin, por amor a todos aquellos que aún no creen, de todos aquellos que no escucharon el mensaje de Salvación. Sólo así será realidad la evangelización de todos los habitantes del mundo. Entonces vendrá el fin, tal como lo prometió el Señor, vendrá como Señor de Señores y Rey de Reyes a buscar a todos los que creyeron y confiaron en sus promesas. Que así sea.

Alberto Juan Hillmannl

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                                                                                          BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

 La Santa Biblia – Versión Reina Valera 1960. (Utilizada en las citas bíblicas).

 Historia del Cristianismo ´Tomos I y II, de K.S. Lotourette. (Casa Bautista de publicaciones).

 Concordancia de las Sagradas Escrituras, sobre la versión Reina Valera 1960. Compilado por C.P. Denyer. Editorial Caribe.

 Nuevo Diccionario Bíblico. Ediciones Certeza.

 El Deseado de Todas las Gentes. E.G. de White. Asociación Casa Editora Sudamericana          

 Diccionario Enciclopédico Lexis 22.

 Historia Universal, de Carl Grimberg.