LAS DIEZ VÍRGENES

 

Nuestro Señor Jesucristo, unos días antes de su muerte en la cruz, revela a sus discípulos, los detalles de los principales acontecimientos previos a su regreso, les da a los suyos una serie de recomendaciones que éstos deben seguir, y les manifiesta que nadie sabría el día y la hora en que sucedería ese evento, salvo el Padre que está en los cielos. Culmina su enseñanza con algunas parábolas, una forma muy utilizada por nuestro Señor Jesucristo para graficar sus dichos. El capítulo 25 de Mateo nos relata tres de dichas parábolas. Ninguna de ellas por si misma describe completamente cómo debemos prepararnos, pero cada una de ellas pinta una parte de ese cuadro, por lo que es indispensable conocer todas ellas, para estar listos en todo momento. Nos indican cómo debemos vivir el día a día, nos enseñan que cada persona debe ocuparse de su condición espiritual y no esperar que otro lo haga en su lugar, o sea que la salvación que nos ofrece Jesús es personal.

La primera de las parábolas descriptas en el capítulo 25 de Mateo se la conoce como la “parábola de las diez vírgenes”.

“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir” (Mateo 25: 1-13).

Esta parábola, como vemos, tiene que ver con el matrimonio. En la cultura judía una pareja mantenía su noviazgo por largo tiempo antes de contraer nupcias, y la promesa de compromiso era un pacto similar a los votos de matrimonio. En el día de las bodas el novio iba a la casa de la novia para la ceremonia; luego la pareja, formando parte de un gran desfile, iba a la casa del novio, donde tenía lugar una fiesta que con frecuencia duraba toda una semana.

Como podemos apreciar, en ésta parábola hay muchas características alegóricas:

El esposo, representa al Mesías, en su segunda venida. La esposa es, para unos, la iglesia, y según el Apocalipsis de Juan, es la nueva Jerusalén“Y yo Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21: 2); “vino entonces a mi uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada,  esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios”. (Apocalipsis 21: 9-10).

Vemos que en esta historia, hay una fiesta de bodas, y se describe tal como era costumbre hacerlo en esos tiempos. Jesús en muchas oportunidades en sus parábolas enseñaba que todo culminaría con una gran fiesta, o una gran cena, en la que participarían todos los que creyeron en sus promesas y esperaron su venida.

Las lámparas eran en aquellos tiempos de diversas formas y tamaños. Las que se utilizaban y que se utilizan aún en las fiestas de bodas en el oriente, eran una especie de antorcha, con una abertura y un hueco. Ese hueco se llenaba con trapos viejos que funcionaban como mechas. Esos trapos se empapaban con aceite para que se mantuvieran encendidas. Si no tenían aceite se apagaban.

“Entonces”es un vocablo que designaba la segunda venida, ya que en ese momento estaba hablando a sus discípulos de dicho evento. …”Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo” (Mateo 25: 1).

Aquí las diez vírgenes representan a la iglesia de Cristo, de todos aquellos que esperan su venida. Ante la inminencia de la venida del esposo que llevará a su novia a su nuevo hogar, las vírgenes toman sus lámparas para acompañar a la pareja en ese trayecto. Esta figura era completamente entendida por los que escucharon este mensaje puesto que los casamientos se realizaban de esa manera. Jesús nos grafica aquí que la iglesia, que está preparada para ese momento tan esperado, recibirá a Jesucristo, que vendrá como Rey de Reyes y Señor de Señores.

“Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; más las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas” (Mateo 25: 2-4).La versión Dios Habla Hoy, traduce este pasaje de la siguiente manera: “Cinco de ellas eran despreocupadas y cinco previsoras. Las despreocupadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; en cambio las previsoras llevaron sus botellas de aceite además de sus lámparas”.

Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron” (Mateo 25: 5). La versión Dios habla hoy lo traduce así:Como el novio tardaba en llegar, les dio sueño a todas, y por fin se durmieron”.

Es evidente que en oportunidades el esposo se demoraba y llegaba tarde a la ceremonia. Pese a eso las invitadas a las bodas no se retiraron sino que lo esperaron, pero las venció el sueño y quedaron dormidas. También Jesús está demorando su venida. El mismo apóstol Pablo ya lo esperaba, y muchos otros a través de los años. Ahora, casi dos mil años después están casi todos como dormidos, se habla poco o nada de ese evento. Es como si fuera un tema de importancia secundaria.

“Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! (Mateo 25: 6).

Este clamor que se oye es la trompeta de Dios con que Él anunciará que ha llegado la hora en que su Hijo Jesucristo, el Rey de Reyes y Señor de Señores, vendrá a la tierra a buscar a los suyos, a todos aquellos que creyeron en él y que lo aceptaron como su salvador personal.

“Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas” (Mateo 25: 7).

Cuando llegaba el momento, o sea la llegada del novio, debían “arreglar sus lámparas”o sea, agregaban el aceite de reserva que las prudentes habían llevado consigo en un frasquito. Es lo que todos los verdaderos cristianos deben hacer, estar preparados para ese momento. Las cinco vírgenes insensatas o despreocupadas no habían llevado el aceite de reserva, por lo tanto sus lámparas se apagaban, o sea que no podrían acompañar a la procesión que acompañaba al esposo. Llevar aceite de reserva era fundamental para poder participar de ese acto. No era concebible que alguien se olvidara de ese detalle. Así también deben prepararse los verdaderos hijos de Dios. Al momento de la llegada del Hijo de Dios (el novio), la decisión de aceptarlo como el Salvador de sus vidas debe haberse realizado. Si al momento de la llegada del Rey de Reyes y Señor de Señores no lo hemos aceptado como Salvador y Señor de nuestras vidas, será demasiado tarde; después de su llegada no habrá más posibilidades de tomar esa decisión: debemos hacerlo antes de su llegada.

“Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas” (Mateo 25: 8-9).La versión “Dios habla hoy” traduce este párrafo de la siguiente manera: “Entonces las cinco despreocupadas dijeron a las cinco previsoras: “Dadnos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando”. Pero las muchachas previsoras contestaron: “No, porque así no alcanzará ni para nosotras ni para ustedes. Más vale que vayan a donde lo venden, y compren para ustedes mismas”.

En este pasaje vemos que cinco vírgenes tenían aceite para agregar a sus lámparas para acompañar el cortejo nupcial hasta el domicilio del novio. Las cinco vírgenes insensatas olvidaron ese detalle fundamental: llevar el frasquito con aceite para agregar en caso de necesidad. El hecho de que las prudentes no compartieran el aceite que tenían era un asunto práctico. La medida del aceite de reserva era el necesario para el trayecto para una lámpara, no alcanzaba para dos, por ejemplo. Esto nos enseña que la salvación que todos anhelamos es personal: no es posible transferirla a otros, regalar lo que podría sobrarnos, darlo a otras personas, o venderlo, por más que los amemos. O sea que la preparación espiritual no es algo que puede ser distribuido por todas partes. Las prudentes no son egoístas en este caso sino realistas cuando señalaron esto.

“Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta” (Mateo 25: 10).

En el versículo 9 y 10 encontramos un verbo que dice “compren”. En  el libro de Apocalipsis, podemos leer: Por tanto, yo te aconsejo que de mi compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis: 3: 18).Cristo, con su sacrificio expiatorio en la cruz, nos compró, no con oro o plata sino con su sangre derramada. Esto significa que no podremos “comprar la salvación”, con oro o plata o buenas obras, sino solamente con un arrepentimiento genuino y sincero, confesando sinceramente todos los pecados cometidos. Con la aceptación de ese sacrificio realizado por nuestro Señor Jesucristo, y que Él hizo por todos, la confesión de nuestros pecados y entregándole “nuestro corazón” enteramente a él, sirviéndole tal como Él lo pide, y trabajando para Él en la predicación de su evangelio en cada oportunidad que se nos presente, tendremos la salvación asegurada, o sea que tendremos aceite para agregar a la lámpara en el momento de su venida y participaremos del cortejo que nos llevará a su presencia a la casa del novio, o sea del mismo Señor Jesucristo.

            Las vírgenes prudentes son las que representan en la parábola a todos los cristianos que a través de los siglos se prepararon para ese evento. Los que ya no están en este mundo son los que resucitarán primero. Dicen las escrituras: “Porque el Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1ra. Tesalonicenses 4: 16).; y para todos aquellos que aún estarán con vida física en ese momento, rige la promesa que menciona el versículo 17 de este  mismo libro: Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”. Con este ejemplo dado por el Señor, vemos que estar preparados siempre es fundamental para ser partícipes de ese evento, y para estar para siempre en ese lugar que nos está preparando nuestro Salvador.

“Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25: 11-12).

Las vírgenes insensatas no tenían el aceite de reserva, o sea que no se habían preparado debidamente. Puede ser que asistan a alguna iglesia o grupo cristiano, sirven al Señor de alguna manera, pueden incluso estar a cargo de algún ministerio, pero su corazón no lo entregan completamente a Jesús, y en ciertos casos hacen su propia voluntad y no la del Señor. No tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida.  Después de su venida es tarde, quién no está preparado al momento que se produzca su llegada, no entrará, aunque después se arrepienta, la puerta ya estará cerrada, ya no podrá entrar. Las vírgenes insensatas de la parábola quisieron salvar la situación yendo a comprar lo que necesitaban, después de la llegada del Rey de Reyes, pero ya era demasiado tarde. Será muy triste ese momento en que, el Señor en quien habían creído, e incluso lo estaban esperando, les diga esas palabras “no os conozco”. Ya no tendrán entrada a la fiesta de bodas en el caso de la parábola; y en el caso nuestro: no tendremos parte en el nuevo reino que el mismo Señor Jesucristo está preparando para cada uno de nosotros.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí, apartaos de mi, hacedores de maldad” (Mateo 7: 21-23).

Como vemos, el mensaje que nos da la Biblia es totalmente uno, no habiendo ningún tipo de discrepancias. O sea que aquel que no se preparó debidamente para recibir a nuestro Señor, no habrá posibilidades de entrar a su reino.

También debemos considerar lo siguiente: si Dios conoce por su nombre a cada una de las innumerables estrellas que existen en el universo, cuanto más conocerá a cada uno de sus hijos que han confiado en él. Si estamos preparados para recibirle, en el lugar en que nos encontremos, haciendo la tarea que el Señor nos encomendara, no debemos temer por nuestro futuro. Nuestra parte será la que tuvieron las vírgenes prudentes, junto a nuestro Rey y Señor de nuestras vidas.

“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir” (Mateo 25: 13).

Aquí el Señor Jesús nos hace una última advertencia: recomienda estar apercibidos y preparados en todo momento. No sabemos el momento que regresará. Será en un momento determinado, que solo el Padre Eterno sabe y conoce. Es por eso que seguir ese consejo es lo más importante para poder estar eternamente con Jesús. Es la reiteración de lo que dijera el Señor en Mateo 24: 36. “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo el Padre”.

                   He aquí yo vengo pronto y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas de la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye diga: Ven. Y el que tiene sed, venga, y el que quiera tome del agua de la vida gratuitamente”. (Apocalipsis 22: 12-17)

En este último pasaje, que se encuentra al final del libro de Apocalipsis, al final de la biblia, podemos leer la última invitación hecha por el Señor Jesucristo, para que nos decidamos a aceptarle como nuestro salvador y Señor de nuestras vidas. Vuelve a prometer que un día vendrá, a buscar a los suyos. En este pasaje lavar sus ropas, significa estar preparados para su venida. Si esta es nuestra situación, podremos entrar sin problemas a la nueva ciudad de Jerusalén que descenderá del cielo y tendremos derecho al árbol de la vida. Aquellos que no pidieron perdón por los pecados cometidos, quedarán afuera.

El hecho de que nuestro Señor Jesucristo insistiera con tanta vehemencia que todos estén preparados, significa que Él quiere que toda la humanidad sea salva de las garras de Satanás. Él extiende su invitación a todos los habitantes de este mundo para que tengan la oportunidad de estar por la eternidad en su nuevo reino que está preparando. Pero no obliga a nadie a tomar esa determinación. La aceptación del sacrificio expiatorio en la cruz realizado por nuestro Señor, debe ser personal. El Señor quiere que todos sean salvos, que nadie se pierda. Solo hace falta que se predique el mensaje por todo el mundo, y que todos los que escuchen ese mensaje lo reciban de todo corazón. Que así sea.

ALBERTO JUAN HILLMANN