Uno de los significados del término “juicio” es: conocimiento de un pleito o de una causa en los cuales el juez ha de pronunciar la sentencia.

            Si bien esta descripción es muy simple, da idea de lo que es un juicio, o sea se estudian todos los aspectos de un delito o causa, para finalmente emitir una sentencia de inocencia o culpabilidad para el transgresor, a veces con atenuantes.

            Si tomamos en cuenta los juicios que se sustancian en todos los juzgados del mundo, llegamos a la conclusión que tienen características casi similares en casi todos los países del planeta tierra, por ejemplo:

            Muchos de los culpables tratan de salvarse del castigo que merecen por cualquier método o de cualquier manera: mintiendo, presentando pruebas falsas, soborno a jueces, etc.

Muchos culpables jamás son juzgados, sea por el poder que ostentan, el dinero que poseen, compran conciencias, o acusan a otra persona que es inocente.

Muchos inocentes son condenados por delitos que no cometieron. En algunos casos son o han sido condenados a muerte, probándose su inocencia mucho tiempo después de haberse cumplido la sentencia.

Como podemos apreciar y es del conocimiento de todos, la justicia en este mundo no se aplica de manera justa. Pero esta justicia es la que aplican los hombres, los que por naturaleza son pecadores.

En el futuro habrá un juicio que será diferente de todo lo que sucede aquí, en la tierra, el cual se encuentra descripto en las Sagradas Escrituras:

EL JUICIO ANTE EL GRAN TRONO BLANCO

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron sus muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscripto en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”. (Apocalipsis 20:11-15)

Es evidente que quien estaba sentado en el gran trono blanco era Dios mismo. En el libro de Daniel encontramos un pasaje paralelo a este. En el mismo podemos leer:

“Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó y los libros fueron abiertos”. (Daniel 7: 9-10)

También habla de un Juez, y de libros que se abren, lo cual nos indica que se trata del mismo momento en la historia del hombre.

Los libros que se mencionan en este pasaje contienen las memorias de todas las obras de cada uno de los seres humanos que pasaron por este mundo, sean estas buenas o malas. Esto no significa que seamos salvos por obras, sino que las obras de cada uno descriptas en los libros, se ven como una clara evidencia de una relación de esa persona con Dios. Los libros contienen todo lo que han hecho los hombres, sin faltar nada.

En este pasaje se describen ciertas figuras o términos que tienen su significado particular: por ejemplo los libros.

También habla de un libro especial denominado El libro de la Vida. Este libro contiene los nombres de todos aquellos que han puesto su confianza en Jesucristo para ser salvos.

El mar está indicado como un receptáculo de los muertos. Los antiguos tenían horror de ser sepultados en el mar.

El Hades (Del griego Haides) es un término usado en la Mitología. Era una divinidad griega, descendiente de Cronos y Rea, dios de los muertos, señor de las regiones subterráneas, dios de los infiernos. También significa lugar donde habitaban los seres humanos, buenos o malos, que habían traspasado el umbral de la muerte. En la mitología romana, este dios se llamaba Plutón. Es decir, era un mensaje claro y que entenderían perfectamente los hombres y mujeres de la cultura griega y romana, a quienes iba dirigido en principio este libro.

En este pasaje se describe que la muerte y el Hades son lanzados al lago de fuego. Significa que desde ese momento ya no existirá la muerte, como tampoco el lugar donde permanecerán los muertos hasta el momento del juicio final. Cuando termine ese juicio, cada uno ya tendrá determinado el lugar donde permanecerá por la eternidad: unos estarán junto al Cordero inmolado, o sea Jesucristo, en la nueva Jerusalén, descripta en el Capítulo 21 de Apocalipsis, y los otros serán lanzados al lago de fuego, que será el destino final de todo lo que es impío.

Satanás, la bestia y el falso profeta que se mencionan en el capítulo 13 de Apocalipsis, los demonios, la muerte, el Hades y todos aquellos cuyos nombres no han sido inscriptos en el Libro de la Vida, porque nunca pusieron su fe en Jesucristo, también serán lanzados dentro del lago de fuego. Este hecho representa el último capítulo de la historia de la tierra y sus habitantes, tal como lo conocemos actualmente.

En el capítulo 21, versículo 1 en adelante se detalla que un nuevo cielo y una nueva tierra hacen su aparición, y es allí donde estarán los salvados.

La visión de Juan pone de manifiesto que no se podrá pensar en ninguna transigencia en el Juicio de Dios. Si por la fe  no nos hemos identificado con Jesucristo, aceptándolo como nuestro salvador y  nuestro abogado defensor, confesándolo como Señor de nuestras vidas, no habrá esperanza alguna, no habrá ninguna segunda oportunidad, aunque algunos puedan opinar lo contrario. El pasaje es claro, el que no tiene su nombre inscripto en el Libro de la Vida, será arrojado al Lago de Fuego. No habrá ninguna apelación que permita rever o modificar el Juicio de Dios, ya que los libros que serán abiertos no contienen errores de ninguna naturaleza y por lo tanto no será posible presentar algún tipo de apelación o pedir  clemencia o misericordia.

O sea, que para tener derecho a entrar con el Señor Jesucristo en la Nueva Jerusalén, la única oportunidad será que nuestros nombres estén escritos en el Libro de la Vida.

Encontramos muchas referencias en la Biblia que mencionan la existencia de ese libro:

“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. (Lucas 10:20)

      En los versículos anteriores a este texto se relata el regreso de los setenta mensajeros enviados por Jesús, gozosos por el poder que habían recibido de parte de Él, que les permitía hacer muchos milagros. Si bien el Señor se gozó con ellos, les recuerda que mucho más importante que la victoria obtenida sobre los demonios, era el hecho de que sus nombres estaban escritos en el Libro de la Vida.

“Asimismo te ruego también a ti, compañero fiel, que ayudes a éstas que combatieron juntamente conmigo en el  evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida”. (Filipenses 4: 3).

      Aquí nuevamente se menciona al Libro de la Vida, y se refiere a todos los que han sido sellados para salvación por medio de su fe en Jesucristo.

“El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida… (Apocalipsis 3:5).

      Aquí, vestido de “vestiduras blancas”, significa: puesto aparte para Dios y hecho puro. Cristo promete honor, futuro y vida eterna a quienes se mantienen firmes en su fe. Los nombres de todos los creyentes están registrados en el Libro de la Vida, tal como se ha señalado anteriormente. Esto significa que Dios conoce a quienes le pertenecen.  A los tales se les garantiza la inscripción en ese libro de la vida que se presentará ante las huestes de los cielos como pertenencia de Cristo. También hay una promesa de parte de Jesús de que los que se mantengan fieles a él hasta el final no se les borrará su nombre de ese libro.

“Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios, mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios”. (Lucas 12: 8-9).

Es terrible esta afirmación. ¿Cuándo negamos  a Jesús? 1) cuando deseamos que nadie piense que somos cristianos. 2) cuando decidimos por propia voluntad no defender lo bueno. 3) cuando callamos ante los demás en lo relacionado con nuestra relación con Dios. 4) cuando nos diluimos en la sociedad que vive lejos y apartados de Dios. 5) cuando aceptamos como buenos los valores no cristianos de nuestra cultura.

Por contraste le  conocemos y confesamos: 1) cuando llevamos vidas morales, que honran a Cristo. 2) cuando buscamos oportunidades para testificar de nuestra fe a otros sin temor a las burlas que nos puedan hacer. 3) cuando ayudamos a los necesitados, no para ser alabados de los hombres, sino por amor a Cristo, que dio su vida por nosotros. 4) cuando salimos en defensa de la justicia, aunque por tal causa podamos salir perjudicados. 5) cuando amamos a otros, tal como Cristo nos amó a nosotros. 6) cuando ante cualquier circunstancia le somos leales a él. 7) cuando usamos nuestra vida y recursos para llevar a cabo sus deseos antes que los nuestros, o sea que siempre el Señor Jesucristo está en primer lugar en nuestras vidas.

“Y le adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida…”  (Apocalipsis 13: 8).

      En este pasaje se nos aclara que todos los que no tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida, adorarán al anticristo, que aquí recibe el nombre de “La Bestia”. Será la prueba más importante que deberán sufrir los verdaderos adoradores del Salvador y Señor Jesucristo. Solo con la ayuda del Señor, con mucha oración y lectura de su palabra podremos sortear esa prueba y mantenernos fieles a Jesús.

“La bestia que has visto, era, y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será”. (Apocalipsis 17:8).

En el capítulo 12 de este libro de Apocalipsis encontramos al dragón (Satanás). En el capítulo 13 hace su aparición la bestia que salió del mar, y recibe todo su poder de parte de Satanás. El tiempo en que aparecerá dicho ser se conoce con el nombre de “La gran tribulación”. En los capítulos 14 al 16 se relata el gran juicio de Dios a los moradores de la tierra que aceptaron grabar el nombre de la bestia en la frente o mano derecha. Son los que no aceptaron a Cristo como el Salvador de sus vidas. En el capítulo 17, la bestia escarlata aparece como un aliado de la gran ramera. La frase “era, y no es, y está para subir”, significa que la bestia estuvo viva, murió y luego resucitó. La resurrección de la bestia simboliza la persistencia del mal. Este resurgir del poder maligno, que será el período más difícil dentro del período de la Gran Tribulación, convencerá a muchos para que unan sus fuerzas a favor de la bestia; pero todos aquellos que escogen seguir el camino del mal se condenarán a sí mismos al mismo destino que Dios tiene reservado para el maligno, o sea el tormento eterno.

“No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscriptos en el libro de la vida del Cordero”. (Apocalipsis 21: 27)

En el capítulo 21 se detallan las características de la Nueva Jerusalén, el lugar en donde habitarán los salvos, todos aquellos que se reconocieron pecadores e incapaces de llegar a la gloria eterna por sus propios medios, y por lo tanto aceptaron el sacrificio de Jesucristo en la cruz, quien derramó su sangre para remisión de los pecados de todos los habitantes de la tierra. Pero no todos, como leemos en el presente versículo, serán admitidos en la nueva Jerusalén, donde Jesús prometió preparar un lugar para nosotros. Solamente serán admitidos aquellos que tienen su nombre escrito en el Libro de la Vida del Cordero. No entraremos allí por nuestro origen, nuestra personalidad, nuestra condición social o nuestra conducta. Nada de esto tendrá valor para tener acceso a ese lugar. La vida eterna está a disposición solo para aquellos que han aceptado a Jesucristo, el Cordero inmolado de Dios, como el Señor y salvador de sus vidas.  

“Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro. Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro”. (Apocalipsis 22: 19).

Esta grave advertencia es para quienes con intencionalidad tergiversan el mensaje de este libro. Nosotros por lo tanto debemos tener cuidado y gran respeto por lo que decimos o enseñamos, de modo que no tergiversemos su mensaje, ni siquiera sin intención. Debemos por tal motivo estar dispuestos a poner en práctica sus principios en nuestra vida. Ninguna explicación humana de la Palabra de Dios debe estar por encima de la autoridad del texto mismo.

Como podemos apreciar, existen numerosas alusiones relacionadas con la existencia de dicho libro. También podemos afirmar que lo importante no es lo que hicimos en esta vida, sino que nuestros nombres se encuentren escritos en ese libro de la vida.

Se ha hablado y escrito mucho sobre ese gran evento que será el Juicio Final, o el Juicio ante el gran trono blanco. La biblia afirma que este hecho será una realidad como todas las demás profecías escritas. Jesús mismo habló muchas veces sobre este tema.

En este aspecto las Sagradas Escrituras nos dicen que Cristo mismo será Juez.

“…y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. (Juan 5: 27-29).

Este pasaje nos revela que habrá dos destinos posibles para cada uno de los seres humanos que han vivido en esta tierra. Los que hicieron lo bueno, o sea que aceptaron a Jesús como señor y salvador de sus vidas saldrán a resurrección de vida. Quienes se han rebelado contra Cristo también resucitarán, pero para escuchar el veredicto de Dios en su contra y para recibir la sentencia de una eternidad separados de Él. Hay quienes desean vivir bien sobre la tierra, olvidarse de Dios y luego alcanzar con la muerte el descanso final. Las palabras de Jesús no dan lugar a que se perciba la muerte como el fin de todo. Hay un juicio que los incrédulos deberán enfrentar.

 “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el día postrero” (Juan 6: 39-40).

Jesús nos está diciendo en este pasaje que él no perderá ni siquiera una persona de las que el Padre le ha dado. Así que por esta palabra sabemos que cualquiera que se comprometa sinceramente a creer en Jesucristo como Salvador está seguro en la promesa de vida eterna que Dios da. Cristo no permitirá que Satanás venza a su pueblo y este pierda la salvación. O sea que aquellos que ponen su fe en Cristo resucitarán de la muerte física a la vida eterna con Dios, cuando él vuelva como el Rey de Reyes y Señor de Señores.

“Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así  que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios”. (1ª Corintios 4: 4-5).

Es una tentación y/o pecado juzgar a los demás cristianos, evaluándolos si son o no  buenos seguidores de Cristo. Esto es así porque sólo Dios conoce el corazón de las personas, y solo él tiene el derecho de juzgar a cada una de ellas. La advertencia de Pablo a los corintios es también válida para nosotros en el día de hoy. Debemos confrontar a todos aquellos que pecan, pero debemos abstenernos de juzgar quién es un mejor siervo de Cristo. Cuando nosotros juzgamos a alguien, nos consideramos automáticamente mejores que él, y eso es arrogancia.

También nos dice la Biblia que todos los hombres serán juzgados. No faltará nadie.

“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.  (2ª Timoteo 4: 8).

En éste versículo, Pablo habla de que recibirá una corona de justicia, en referencia a la corona de laureles que recibían los ganadores en los juegos olímpicos. Dice también que esa corona la recibirán todos los que como él aman la segunda venida de Cristo.

“Pero ellos darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos”. (1ra. Pedro 4:5).

El fundamento de la salvación es que hemos creído en Jesucristo como único y suficiente Salvador, pero el fundamento para el juicio es cómo hemos vivido. Los que no hayan creído en el mensaje de Salvación serán condenados al castigo eterno cuando estén delante de Dios. Sin embargo, nosotros, los que sí hemos creído no tenemos nada que temer, porque Jesucristo será el Juez de todos. Para los que han creído y confiado en Él, además de ser el Juez que los juzgue, también será el abogado defensor de ellos, y con ese atributo justificará nuestras faltas, porque los que han creído han confesado primeramente sus pecados y los han lavado con la sangre que él derramara en la cruz.

Todos los aspectos de la vida serán revisados, incluidos los secretos de los hombres,

“En el día que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Romanos 2:16)

Los secretos de los hombres incluyen toda palabra ociosa, todas las intenciones del corazón, todo pensamiento pecaminoso pese a que no lo hemos expresado con palabras.

“Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni  escondido, que no haya de salir a luz” (Marcos 4:22).

Esto significa que todo lo que hayamos hecho en secreto se conocerá, todos los pensamientos que hayamos tenido saldrán a la luz, porque todo esto está escrito en los libros que se abrirán, conforme a lo profetizado en Apocalipsis 20: 12.

“Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse” (Lucas 12:2).

“Porque yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio” ((Mateo 12:36).

Estos dos últimos textos reafirman los comentarios realizados precedentemente.

Los creyentes también enfrentarán un juicio:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. (Mateo 7: 21-23).

Para mencionar un ejemplo más comprensible para la mayoría de la gente, podemos decir que algunos aficionados a los deportes pueden hablar bien de lo que es un buen juego, pero eso no significa que pueden jugar bien. Así también podemos decir que no todos los que hablan del reino de los cielos  pertenecen al Reino de Dios. Jesús tomará más en cuenta nuestro andar que en nuestro hablar. El quiere que hagamos lo correcto, no que sólo expresemos lo que es correcto. Con estos versículos Jesús desenmascara a las personas que aparentan ser religiosas pero no tienen una relación personal con él. O sea que en el Día del Juicio Final sólo una relación personal con Jesucristo, nuestra aceptación de Él como Señor y Salvador y nuestra obediencia a Él será tomada en cuenta. Muchas personas piensan que si son buenas y aparentan religiosidad serán premiadas con la vida eterna, pero eso no servirá de nada, no será así. Solo la fe en Cristo es lo que se tendrá en cuenta en el juicio para tener nuestro nombre escrito en el Libro de la Vida y tener acceso a la vida eterna.

“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o malo.” (2da. Corintios 5:10).

Este pasaje nos dice que si bien la vida eterna es un don gratuito basado en la gracia de Dios, cada uno de los creyentes será juzgado por Cristo. Este juicio nos recompensará por la forma en que hayamos vivido. El don de la gracia de Dios en la Salvación no nos libra de la fiel obediencia. Todos los creyentes en Cristo deberán rendir cuentas por la forma en que vivieron en este mundo.

“Pues conocemos al que dijo: mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo.” (Hebreos 10:30).

Cuando rechazamos deliberadamente la oferta de la salvación de Cristo, rechazamos el don más precioso de Dios. Pasamos por alto la dirección del Espíritu Santo que nos comunica el amor salvador de Dios. Esta advertencia se hizo a los cristianos judíos que se sentían tentados a rechazar a Cristo por el judaísmo, pero también es válido para cualquiera que rechaza a Cristo por cualquier causa o religión, o que habiendo entendido la obra expiatoria de Cristo, con toda intención le da la espalda. El tema es que no hay otro sacrificio aceptable por el pecado, aparte de la muerte de Cristo en la Cruz. Entonces, si alguien rechaza el sacrificio de Cristo deliberadamente luego de haber entendido con claridad la enseñanza del evangelio, no tiene esperanza alguna de salvación, porque Dios no ha provisto otro nombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvos. Entonces tendrá significado real la palabra de Dios que dice: mía es la venganza, yo daré el pago. Y también cuando dice: el Señor juzgará a su pueblo.

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación.” (lra. Pedro 1:17).

El temor es este caso no es sinónimo de miedo sino es respeto que tiene un creyente a su Dios todopoderoso. Entonces, si Dios es el juez de toda la tierra, no debemos pasarlo por alto ni tratarlo con indiferencia. Tampoco pensar que por nuestra posición privilegiada como hijos de Dios nos da la libertad de hacer lo que queremos. No debemos ser hijos mimados sino debemos comportarnos como hijos agradecidos y respetuosos a nuestro Padre celestial.

“Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros; ¿Cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1ra. Pedro 4: 17).

Esto nos aclara que los que pertenecen al Pueblo de Dios también serán juzgados. Pero debemos tener en cuenta que el Juez, Jesucristo, es a su vez el abogado defensor de los creyentes, y el salvador de ellos, ya que precisamente el vino a este mundo para ofrendar su vida en la cruz, derramando su sangre, para que seamos justificados ante él.

No habrá forma de eludir el juicio:

“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después el juicio…” (Hebreos 9: 27)

Es evidente, y así ha sucedido desde la creación del hombre, todas las personas mueren físicamente, pero la buena noticia es que Cristo, como ya se ha dicho, murió para que nosotros no tuviéramos que morir espiritualmente, nos da por ese medio una esperanza de vida, una vida de verdad eternamente en los cielos. Pero tendremos que pasar primero por el juicio final, en donde se aclararán todas las cosas. Podemos tener la plena confianza en su obra de salvación a nuestro favor, quitando nuestros pecados del pasado, presente y futuro. Él perdonó nuestros pecados del pasado, cuando murió en la cruz. El dio su vida una vez y para siempre. Él nos envió el Espíritu Santo para ayudarnos a enfrentar el pecado presente. Él se presentó por nosotros en el cielo como nuestro Sumo Sacerdote, y ha prometido regresar y resucitarnos a una vida eterna en un mundo en que no se permitirá el pecado. Por eso los creyentes no deben tener miedo de enfrentar el juicio final, pues Jesús ya ha solucionado nuestro problema del pecado ante los ojos de Dios.

“¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” (Romanos 2:3).

Cuando sintamos enojo por el pecado de alguien, deberíamos tener cuidado y hablar contra el pecado, pero con espíritu de humildad. Muchas veces los pecados que vemos en otros son los que tienen raíces en nosotros. Si nos miramos interiormente con cuidado, descubriremos que tenemos tendencia a cometer los mismos pecados que ellos, en las más diversas formas, generalmente aceptables para la sociedad. Pablo afirma aquí que nadie es suficientemente bueno para salvarse a sí mismo. Si deseamos evitar el castigo y vivir con Cristo para siempre, todos sin excepción deberán depender por completo de la gracia Dios.

Ahora bien, como hemos visto, el juicio final será para todos los hombres y mujeres que han habitado este mundo, desde la creación del primer hombre, Adán, hasta el último ser humano que nazca en esta tierra, sin excepciones de ninguna naturaleza. Solo se podrán salvar de ser arrojados al lago de fuego, que es la muerte segunda, los que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida.

La pregunta que debe hacerse cada uno de los habitantes de esta tierra es: ¿Qué debo hacer para que mi nombre esté escrito en ese libro?

Ya sabemos que no será posible obtener la salvación haciendo buenas obras, o por ser bueno. Yo hago las obras porque ya soy salvo, no para ser salvo.

Las Sagradas Escrituras nos indican claramente el camino a seguir para que el nombre de todos se encuentre inscripto en ese libro maravilloso, el más importante de todos los libros, y obtener de esa manera la salvación y estar por la eternidad con el Señor Jesucristo, quien dio su vida para abrir el camino a ese lugar a todos los habitantes de este mundo desde el principio de la creación hasta que suene la trompeta final.

Entre las innumerables citas que se encuentran en la biblia, para indicarnos ese camino, podemos enumerar las siguientes.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3: 16)

“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito hijo de Dios.” (Juan 3: 18)

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36)

“De cierto, de cierto os digo: el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.” (Juan 5: 24)

“Jesús le dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre, y el que en mi cree, no tendrá sed jamás.” (Juan 6: 35)

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al hijo y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.” (Juan 6: 40)

“De cierto, de cierto os digo: el que cree en mi, tiene vida eterna.” (Juan 6: 47)

“Ellos dijeron: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hechos 16: 31)

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.” (Romanos 1: 16)

“mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.” (Romanos 4: 5)

“Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.” (1ra. Juan 5: 1)

“El que tiene al Hijo, tiene la vida, el que no tiene al hijo de Dios no tiene la vida.” (1ra. Juan 5: 12)

Estos últimos versículos nos informan claramente qué debemos hacer para que nuestros nombres estén escritos en el Libro de la Vida, y por lo tanto habitar en la nueva Jerusalén por la eternidad.

Debemos pensar que esa entrada la ha preparado el Señor Jesucristo, tal como lo prometió. No seremos inocentes pero nuestros pecados estarán justificados ante la Justicia de Dios. La palabra “justificar” es un término jurídico que significa que alguien pagó o se hizo cargo de nuestras culpas. En los libros estará escrito todo lo que hemos hecho o pensado, pero, al aceptarlo como nuestro Salvador, y por ende como nuestro abogado defensor, nos encontraremos en ese Juicio Final justificados ante Dios.

Un caso que podríamos mencionar es el de los ladrones que estaban crucificados con él en la cruz. Uno lo rechazó. El otro, arrepentido de sus faltas las confesó, y le rogó que lo tuviera en cuenta cuando se produciría el juicio final. Recibió la promesa de la vida eterna.

Otro caso que podríamos mencionar es de las diez vírgenes. Todos esperaban la venida del Señor. Cinco estaban preparadas para el evento, las otras cinco no. El resultado final fue que las que estaban preparadas entraron con el Señor a la Nueva Jerusalén. Las otras cinco que no se prepararon debidamente quedaron afuera.

Ahora, una pregunta final a todos los que leyeron este mensaje, ¿Qué harás tú? La decisión a tomar será tú responsabilidad. ¿Lo harás ahora, o esperarás alguna nueva oportunidad en el futuro? Recuerda, nadie tiene la vida comprada. Mañana puede ser demasiado tarde. Confiesa tus pecados ahora, acepta a Jesús como tu salvador y Señor de tu vida en este momento. Ya…

                                                                                     Alberto Juan Hillmann

 

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